Periodistas: en busca de identidad (V)
Decía Dámaso Alonso que el XX era el “siglo de las siglas”. Pues el siglo XXI es el de las contraseñas, nicks y “yoes” virtuales (falsas identidades, caperuzas, dobles, triples, cuádruples identidades…).
¿Estamos potenciando las dobles, triples o cuádruples personalidades? ¿Padecemos riesgos de sufrir algún tipo de nuevo trastorno de personalidad?
A veces siento que tengo tantos “yoes” pululando por Internet, que tengo miedo a que alguno un día se me escape o se revele contra el resto de mis “yoes”. En fin, ¿no es esto también clonación (virtual)? Hay quien incluso se somete a la “cirugía estética” digital y se cambia el color de los ojos o del pelo, o se engrandece miembros o extremidades de su cuerpo para modelar otro “yo”… O quien llega a hacerse un cambio de sexo. Conozco a hombres que se transforman en mujeres y a mujeres que se transforman en hombres en la Red… Y muchos se habrán topado con alguno de mis “yoes” sin saber que era YO.
Es la era de la sobreabundancia. Sobreabundan las identidades y las informaciones/opiniones de los “yoes” de dominio público. Y esa sobreabundancia, paradójicamente, alimenta el control.
¿Cómo hace frente el periodismo a su crisis de identidad? Fagocitando nuevos conceptos e identidades. Demasiada información, demasiada opinión sin control, demasiada subjetividad[6] y demasiada libertad. Los media fagocitan la blogosfera y Google y Microsoft los fagocitan a todos ellos. ¿Libertad? La Red se concentra cada vez más en menos manos[7], y la libertad absoluta es un espejismo. Internet es un placebo para los que cuestionaban los poderes fácticos. La paradoja del control. ¿Qué mayor poder fáctico hay que Google?
Y mientras muchos sueñan con una ciberdemocracia global y otros pocos concentran en sus manos los resortes de Internet, los periodistas se ven atrapados en una telaraña de la que parece imposible escapar con vida: la perenne presión del público y las fuentes; la lógica presión y coacción de los políticos y el poder; el mandato del negocio y los beneficios; las exigencias y coerciones de los anunciantes; el deterioro del oficio y las precarias condiciones de trabajo (el periodista multimedia va camino de convertirse en una caricatura, en el Periodista Gadget); la tecnología y el (a)salto de los ciudadanos a los medios…
¿Hay escapatoria? Quizá sí. La emancipación. Emanciparse de los grupos editoriales, de los lobbys, de los medios al uso, del negocio, del poder, de la audiencia, de los anunciantes… Una emancipación total, una catarsis cooperativa de los profesionales de la comunicación. Una emancipación del concepto añejo, porque el concepto es el concepto, pero ya no es lo que era; el concepto debe ser…
[6] “Nadie puede construir un proyecto de información sobre la base de la objetividad. Lo que pasa es que hay que asumir su subjetividad” (Ignacio Ramonet).
[7] “La Web 2.0 representa la separación entre producción y distribución de la información. La producción se atomiza y pasa a los usuarios. Pero la cuestión central –el poder de filtro– sigue abierta, y bajo la etiqueta 2.0 se ocultan distribuciones de poder, modelos sociales antagónicos (…) Bajo el concepto de Web 2.0 se esconden toda una serie de aplicaciones y servicios cuya lógica es justamente la opuesta. En vez de generar abundancia (más outputs que inputs a escala masiva), generan escasez mediante la formación de un único output igual para todos los usuarios a partir de los muchos inputs que éstos incluyen. La lógica es que cualquiera puede subir cualquier cosa, pero el resultado que se ofrece es único e igual para todos” (David de Ugarte en El poder de las redes).
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