Javier Bardem es un extraordinario actor, pero una mala persona, prepotente, chulo, engreído, insolente, fatuo… un imbécil, vaya.
He tenido la oportunidad de conocerlo en persona en dos ocasiones: en Vigo, cuando rodó Lo lunes al sol y, donde además de chulear a los periodistas durante una rueda de prensa, amenazó con golpear a un reportero gráfico mientras paseaba con el resto del equipo por las localizaciones del filme; y en el 50º Festival de Cine de San Sebastián, edición en la que Los lunes al sol se llevó la Concha de Oro, y donde también hizo alarde de su desfachatez al dar plantón a diversos periodistas de España, jactándose de ello (visto y oído).
Ahora, este personaje -por llamarle algo- ha vuelto a mostrar que no tiene memoria ni vergüenza al insultar de nuevo a los periodistas y al público de su país, en declaraciones a la revista T del diario New York Times. Pues eso, que lo ha hecho en Estados Unidos, de forma barriobajera y cobarde, porque es allí, lejos, donde se esconde para lucir su altanería, en ese mismo país al que también vilipendia con estrategias de imagen, colocándose tras pancartas antinorteamericanas por las calles de Madrid, acompañado por esos a los que ahora llama “imbéciles”.
Sus palabras textuales para la revita T han sido:
“Los españoles son severos, critican mi trabajo y dicen que me he vendido. Me dan ganas de decirles: ¡Parad ya, sois una panda de imbéciles!”
Tú sí que eres un imbécil desmemoriado, Javier. ¿Te acuerdas cuando ibas llorando literalmente por ahí para conseguir trabajo para ti y el clan Bardem? No escupas hacia arriba, que te salpicas.
Ahora bien, la culpa no la tiene él, sino el público y los periodistas, que, sólo por orgullo, debiéramos vetarlo, aunque sea sólo por verlo otra vez echando lágrimas de cocodrilo.