Si me quieres, no me ames

Pornografía+infantil+NO Si me quieres, no me ames

El siguiente relato es mi particular aportación a la Blogocampaña 2009 Contra la Pornografía Infantil en este Día Internacional del Niño. Se trata de un relato de ficción que recupero de mi baúl literario y que he adaptado un poco para esta campaña impulsada por Nacho de la Fuente:

Desde que tengo uso de razón me guío por una máxima: sobrevivir a costa de quien sea. He visto morir a mi padre alcoholizado, vomitando sus entrañas en una tina; he presenciado la sobredosis que se llevó a mi madre segundo a segundo; he sido testigo de cómo una bestia peluda de ciento veinte kilos violaba a mi hermana hasta la extenuación y luego la degollaba; y me he visto a mí morir cada noche en un callejón aplastado por un viejo sodomita gordo y grasiento, pero esto último sólo lo he visto en sueños, porque noche tras noche he salido airoso de los callejones contando cada billete que me he ganado por chupársela a un montón de tipos. Les encanta que se lo haga, se vuelven locos, a muchos les gusta incluso más que darme por el culo. Por lo general, a los viejos les gusta más darme por atrás, porque es algo que no han podido hacérselo a sus castas mujeres y les encantan los agujeros bien prietos. A los tipos de mediana edad lo que les encanta es que se la mame, ya que están hastiados de que se lo hagan sus mujeres, las putas, los travestis y las niñas; ya no les produce morbo; para ellos la novedad ahora es la boca de un niñín como yo, de trece años, con aspecto andrógino, pero niño en toda su plenitud, con mi cola en plena efervescencia feromonal y rodeada de los primeros pelos púbicos, tan suaves como la seda. Sí, les encanta sodomizar a niños como yo. Y son muchos los clientes. La pederastia está de moda. Antes, por lo que me comentan, aquí sólo se arriesgaban a jugar con los niños gente pudiente que podía callar muchas bocas con sólo dar su nombre; otros practicaban eso del turismo sexual en países pobres como Tailandia, Vietnam o Cuba, donde tenían niños que querían para sodomizar, pero desde que el llamado Cuarto Mundo se ha extendido como una lengua de fuego por toda Europa, ya no necesitan gastarse un dineral para cruzar medio planeta en busca de un polvo infantil y arriesgarse a ingresar en cárceles que son el infierno; ahora tienen en casa un amplio mercado de carne infantil fresca que consumir. Con nuestros culos a las puertas de sus casas se ahorran un dinero y posibles problemas con la justicia de aquellos países, donde dicen que cada vez más se persigue el turismo sexual infantil, de modo que lo más cómodo es hacérselo con un niño de aquí despojado de identidad y de derechos, y luego llegar desfogado a la siempre acogedora casa de uno. Además, nosotros trabajamos por cuenta propia, con lo que los clientes se evitan los engorros que suelen darse cuando hay un chulo proxeneta por medio. Al no haber proxenetas por medio aquí, se da por sentado que no hay prostitución infantil, no hay delito. Quiero decir que es como un acuerdo tácito por todas las partes: nosotros se la chupamos a miles de marranos, pero como no existimos, como somos los olvidados, los despojos de una sociedad corrupta hasta la médula, pues tampoco existen los pederastas, porque, ¿quién va a follar con un niño moribundo en medio de tanta opulencia sexual, en un entorno en el que cualquier persona puede hacer realidad sus más extravagantes sueños sexuales por la vía legal? Y si nosotros no existimos, si somos seres sin identidad, si ni siquiera reconocen que existe un Cuarto Mundo, si ni nos miran cuando les pedimos limosnas por el día, si ni siquiera tengo forma de acreditar con un documento que existo, que soy alguien, que tengo identidad, ¿cómo alguien va a pensar que aquí, entre luces de neón, se derraman litros de semen en las bocas y culitos de alguien que no existe o que simplemente no vale la pena ni mirar para él? Sí lo piensan y sí saben que existimos, pero prefieren reducirlo todo al anecdotario social.

No, por favor, no se constriñan ni se ruboricen ahora, no vale la pena. Para nosotros esto no es más que un oficio, una forma de sobrevivir, que de eso se trata, ¿no es así? Aquí nadie vive, ni usted; aquí estamos todos para intentar sobrevivir, cada uno con sus miserias, que todos las tenemos, y con sus virtudes, que aunque pocas, también las tenemos. Quizá la suya sea mantener bajo un mismo techo a una mujer frígida con la que ya no comparte más que las babas que dejan en la almohada mientras duermen y a unos hijos que lo único que aman de usted es su dinero. La mía, quizá ya lo sepa por experiencia anal o bucal, es darle placer, todo el placer sexual que siempre deseó pero que no alcanzó hasta conocerme. Y si no ha sido con usted, le aseguro que he sido un virtuoso con otros como usted, o como su marido, hermano, hijo, vecino, jefe, párroco… Porque por este culito se han restregado todos los tipos de hombre que pueda imaginar… Pero ahora ya nadie lo quiere, salvo algún inconsciente despistado. Me muero. Tengo sida. Me lo ha pegado uno de ustedes. No importa, ya era un muerto prematuro.

Y en estos momentos sólo me acuerdo de una persona: de ti. Aquella gélida y húmeda noche me ofreciste cobijo, un plato de comida caliente, un vaso de leche, una ducha, ropa nueva. Por primera vez en mi vida alguien me hacía sentir importante, alguien me hacía pensar que importaba mi existencia. Tú le diste sentido a mi vida. A cambio, sólo me pediste algo tan inocente e inocuo como dejarme fotografiar mientras me duchaba en tu casa. Me decías que era lo más bello que habías visto jamás y que harías que el mundo entero me amara. Al principio nos costaba entendernos con la palabra. Yo entendía con dificultad tu exquisito castellano, pero tú no comprendías nada de mi rumano. Podría haberte hablado en un tosco castellano, pero al principio me hacía mucha gracia aquel juego de gestos que manteníamos. ¿Cuánto tiempo pasé contigo en aquella casa? ¿Tres años? Me enseñaste a escribir, a leer y a expresarme con lo que tú llamabas “corrección”. Lo hacías porque me amabas. Eso me decías. Y por cada sesión fotográfica me obsequiabas con un libro. Al principio los leíamos juntos, pero a medida que ibas teniendo más y más fotos mías en tu ducha, en tu piscina, en tu cama, en tu sofá…, tu tiempo para la lectura conmigo se iba reduciendo. Al tecer mes, creo, fue cuando me enseñaste el éxito que estaba teniendo. Cientos de fotos mías eran celebradas con algarabía y aullidos por tu inmensa red de amigos en Windows Live. Yo, por entonces, ni siquiera sabía qué era eso de Windows Live. Ya era famoso, como me habías prometido. “El siguiente paso es el videochat”, me dijiste. Otra cosa que iba a descubir. Conectábamos con amigos tuyos por la pantalla del ordenador y yo bailaba desnudo para ellos. Eso era al principio. Luego, tus amigos pidieron más y más, así que empecé a masturbarme también para ellos. Y siguieron queriendo más y más, y traspasaron la pantalla y vinieron a casa. Y empecé a masturbarlos primero y luego a dejar que introdujeran sus infectas pollas en mi boca y en mi culo. Yo lloraba, me dolía el cuerpo y el alma, pero estaba en deuda contigo. Tú, que ni siquiera me tocaste una sola vez. Simplemente gozabas mirando y te corrías, sin más. Me decías que aquellas explosiones de placer tuyas eran tu manera de decirme que me amabas. Sí, me amaste, hasta el día que llegaste con otro chiquillo a casa, un clon mío pero cuatro años más joven. Y me arrojaste de vuelta a la calle. Tus amigos, dijiste, cada vez eran más exigentes.

No, no culpo a quien me ha contagiado el sida en un callejón angosto de esta ciudad infecta. Te culpo a ti por haberme amado. A ti y a tus amigos de Windows Live Spaces.

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