“El gran amor de Adolfo Bioy fue Elena Garro, la esposa de Octavio Paz”
Adolfo Bioy y Silvina Ocampo formaron durante medio siglo la pareja literaria más importante de Argentina. Eran ricos, disfrutaban de un gran prestigio profesional y social y rompieron con las convenciones porteñas de la época. Jorge Luis Borges, íntimo amigo de Bioy, y Octavio Paz fueron algunos de los escritores que compartieron y departieron con ellos vidas y obras. Bioy, además, estaba considerado uno de los hombres más atractivos de Argentina, algo que enardecía a Silvina, once años mayor que él, y que derivó en celos corrosivos, alimentados también porque ella no pudo darle ningún hijo, por lo que éste buscó en otra mujer lo que no le daba su esposa. Así fue como apareció su hija Marta y, en sus últimos años de vida, Fabián, del que nadie sabía nada. La tragedia acompañó a los Bioy en sus últimos años. Marta murió atropellada por un automóvil en 1994, veinte días después del fallecimiento de Silvina. El aristocrático Adolfo Bioy murió en 1999 en la ruina, como un símbolo de una acaudalada Argentina abocada al fracaso.
Todos los entresijos de la familia Bioy fueron compartidos por quien les servía, Jovita Iglesias (Pacios de Toubes, Ourense, 1925), una gallega que llegó el 22 de noviembre de 1949 a Argentina y que jamás pudo regresar a su tierra por culpa de la personalidad posesiva de Silvina Ocampo, quien incluso quiso adoptar a Jovita como hija cuando ésta tenía 23 años y le hizo jurar que jamás la dejaría. Fue medio siglo con una de las parejas más ilustres de Argentina y que ha visto la luz en un libro, “Los Bioy” (Tusquets), en el que la escritora Renée Arias, amiga de Adolfo Bioy, recoge los recuerdos de Jovita con la pareja.
—¿Cómo fue su salida de Galicia hacia Argentina?
—Lo que me trajo a la Argentina es que unos tíos míos me reclamaban. Era una tía que me quería mucho y que me dejó de muy pequeñita, tenía yo 5 años, y suspiraba siempre por tenerme a su lado. Y a mí siempre me pareció que nunca podría irme de Galicia, pero un día, como la vida va cambiando, decidí venirme. Cuando llegué aquí, mi tía me presentó a esta familia de los Bioy y ahí fue cuando me quedé atrapada para siempre.
—Silvina Ocampo y Adolfo Bioy la quisieron adoptar como hija con 23 años y siempre pusieron trabas a su regreso a Galicia. ¿No quedaron ellos también atrapados por usted?
—Bueno, ellos me atraparon a mí y yo también a ellos en cierto modo. Yo me sentía muy alagada por ellos, quisieron adoptarme como hija porque no tenían hijos, mi tía tampoco, y entonces disputaban por mí Silvina Ocampo y mi tía Basilisa, porque las dos me querían para tenerme como hija, pero yo era un poco hija de las dos. No acepté la propuesta de los Bioy. Cuando me lo propuso Silvina Ocampo me emocioné muchísimo y le dije que eso no, que se lo agradecía muchísimo pero que no cambiaba a una madre pobre por una madre rica. Y así fue como no acepté, aunque le dije que siempre sería su hija en el afecto. Y entonces ella empezó a pedirme siempre que no la dejara, que no la dejara nunca y bueno, fue así como fueron pasando los días, los años y la vida, hasta que se fueron ellos primero, porque murieron ellos dos y su hija Marta. Y yo me quedé ahí hasta el último día.
—Se quedó por el juramento que le hizo a Silvina Ocampo…
—Ella todos los días de la vida me pedía por la mañana: “Jura, jura que no me vas a dejar nunca”. Y yo un día le dije: “Mire, voy a ir al infierno por jurar tanto”. Y me respondió: “Vas al infierno si no cumples la promesa” (ríe), porque era muy ocurrente, claro. Es así como me fui quedando, porque me sentía muy acompañada por ellos.
—Pero apareció el que sería su esposo.
—A los cinco años de estar con ellos me casé con este muchacho que nació aquí, pero se crio en Galicia y vino para hacer el servicio militar. Y lo conocí allá y después aquí nos encontramos de pura casualidad y nos casamos. Y entonces también atraparon a mi marido. Teníamos nuestra casa, aunque estábamos más tiempo en la casa de ellos que en la nuestra. Pero estuvimos con mucho gusto.
—¿No fue recelosa Silvina con su marido?
—No, no estaba recelosa. A mi marido lo quería mucho y se apoyaba mucho en él. Aunque cuando en algún momento le dije que tenía que terminar mi historia con ellos, que tenía que hacer otra vida e ir a España con mi marido, bueno, se enfermaba. Yo no sé si lo fingía o si lo hacía de verdad, pero lo sabía hacer tan bien que parecía de verdad (ríe).
—Usted fue confidente de Silvina Ocampo. Ejerció con ella de hija, de hermana, de madre…
—De todo. Se apoyaba en mí para todo, me pedía mi parecer para todo, me pedía que pensara por ella. Cuando tenía un problemita me decía: “Resuélveme este problema, por favor, piensa por mí”. Y yo le decía: “¿Pero cómo voy a pensar por usted? No puedo pensar bien por mí, voy a pensar por usted”. Y así era como nos íbamos arreglando bien. Yo le daba mis opiniones y ella las aceptaba siempre. Mire, hablábamos permanentemente todo el día y parte de la noche. Ella lo que quería era que le contara cosas de España y de mi vida. Y así fue. Yo primero fui dama de compañía. Le cosía, la acompañaba a todos los sitios… Y después, cuando enfermó tanto, parecía que quería que yo le diera de comer, pero estaba rodeada de enfermeras y, bueno, yo me quedaba ahí mientras comía. Me pidió que el último bocado se lo diera yo, que sería muy feliz si se lo daba yo, y fue así. Y después con Bioy, igual. Así que yo cumplí mi promesa, pero eso me costó toda la vida. Lo mejor ya pasó. Ahora lo único que me gustaría sería estar con mi familia y quedar en mi tierra querida para siempre, pero… La situación en la Argentina está tan mal que ya no nos podemos mover. El dinero que teníamos está atrapado…
—¿Qué pensarían los Bioy al ver a su país en la ruina?
—Estarían desesperados porque ellos eran muy miedosos. Tenían temores por todo. Tenían una vida tan buena, tan espléndida, no habían sufrido nunca nada hasta que se torcieron las cosas. Pero ellos fueron muy bien atendidos siempre, con enfermeras, con mi mirada siempre puesta sobre todo lo que allí pasaba y cuidándolos hasta el último momento. Así que yo hice todo lo posible, como si fueran mi propia familia.
—¿Hubo tantos celos en la pareja?
—Sí, sí. Ella fue celosísima.
—¿Y como vivía usted aquellas situaciones?
–Para mí era todo natural allí. Viví situaciones de todo tipo. Lo que hacía era apaciguar las cosas. Ella tenía mucho miedo de que su marido la dejase por otra de esas mujeres que lo perseguían porque era muy guapo. Y yo le decía: “Déjese de tonterías, a usted no la va dejar nunca porque la quiere, lo otro es otra cosa”.
—¿Es cierto que Elena Garro, esposa de Octavio Paz, fue el gran amor de Adolfo Bioy?
—Sí, eso es verdad, fue el amor de su vida, pero el cariño verdadero era para Silvina. Ya ve usted que por más que quiso que se quedara con ella, él nunca dejó a Silvina y la cuidó hasta el último momento. No le faltó nada, no le importaba gastar lo que fuera, porque hubo muchísimos gastos en esa casa, pero él en eso nunca se fijó.
—¿Cómo era Adolfo Bioy?
—Era todo un caballero, una persona buenísima y muy generosa. Si a alguien le faltaba algo, si alguien necesitaba algo, ahí estaba él con la mano abierta dándoselo. Tenía sus amores porque era muy mujeriego, eso sí, pero respetaba la casa. Él tendría por ahí sus aventuritas, pero siempre respetaba las horas de comer, de dormir, de escribir, de todo. Su vida estaba dentro de esa casa.
—¿Hay algo que no haya sido escrito en el libro y que le hubiese gustado que se publicase?
—Sí hay cosas, pero creo que no debo, porque si los quiero y los respeto tanto, no tengo que perjudicarlos en nada. Sería traicionarme a mí misma.
—Describa a los Bioy…
—Eran una gente muy adinerada, muy buena, muy querida en la Argentina, todo el mundo los tenía en cuenta y fueron de lo más granado de la aristocracia.
—¿Cómo lleva la fama?
—Pues me parece que no es a mí a quien le está pasando. Me llaman continuamente, he dado notas para toda la Argentina, también me llamaron de Colombia, de Brasil… Estoy asombrada.
—Usted tuvo la oportunidad de conocer a personajes tan ilustres como Borges y Octavio Paz…
—Sí. Con Borges cuento muchas anécdotas. Estaba en la casa de ellos siempre, iba todas las noches a cenar. Era muy tímido, lo conocí cuando estaba casi cieguito de todo. Yo lo iba a buscar siempre a la puerta de la calle por la noche. Lo traía un coche hasta la puerta, tocaba el timbre y bajaba a buscarlo. Un día nos quedamos atrapados en el ascensor y yo dije “voy a tocar la alarma”, porque era un sábado que no había portero, y él me dijo, “no, no, no toques que nos podemos caer y nos matamos”; yo le contesté “no podemos quedarnos aquí para siempre”. Entonces me agarró las manos y me las apretó, empecé a gritar y él dijo: “Cuando se den cuenta de que no llegamos ya nos vendrán a buscar”. Bioy oyó los gritos y nos sacó. Siempre había bromas sobre aquello. Bioy le decía “claro, Jorge, tú lo que querías era aprovecharte de Jovita”, y él se ría. Fue muy lindo. Después de cenar cada noche Borges se agarraba a mi brazo y mi esposo y yo lo llevábamos a su casa en el coche de Silvina, que era el que usaba mi marido.
Esta entrevista la publiqué en Faro de Vigo el 17 de septiembre de 2002.
Tal día como hoy de 1994 fallecía en Buenos Aires Silvina Ocampo.
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