Príncipes de las tinieblas en el cine

Pocas veces se ha visto a la voluntad palidecer y desvanecerse tan vertiginosamente como ante los encantos de los caninos de un vampiro. Los no-muertos nacieron por nuestros deseos de inmortalidad, que encuentran su máxima expresión en la mordedura vampírica, una de las metáforas cinematográficas más afortunadas. Pero no siempre sucedió del mismo modo. Los no-muertos fueron evolucionando con los tiempos a través del cine. El primitivo y arcaico “Nosferatu” de F.W. Murnau y el aristócrata y dignificado “Drácula” de Francis Ford Coppola —ambos adaptados de la novela “Drácula” de Bram Stoker— son los dos extremos de estos seres de ultratumba que han retornado con fuerza en el siglo XXI con “Van Helsing”, de Stephen Sommers, “Underworld”, de Len Wiseman, o “Crepúsculo”, de Catherine Hardwicke, entre otras películas.

vampiros Príncipes de las tinieblas en el cine

Ilustración de Javier Aguilera

Si bien es cierto que la primera película con presencia de vampiros fue “La Manoir du Diable” (“La mansión del diablo”), de George Méliès, en 1896 (un año antes de la publicación de la novela “Drácula”, de Bram Stoker), se ha aceptado  que fue Murnau quien en 1922 escribió el primer gran capítulo fílmico de los vampiros: “Nosferatu”, obra maestra del terror, pero a la que le faltaba algo instrumental en el vampiro moderno: la voz, lo que obligaba a aglutinar toda su esencia y discurso en el físico, en el lenguaje gestual. La caracterización sombría de Max Schreck, convertido en un ser casi aturdido y agarrotado, con la cabeza pelada, hombros estrechos, lomo torcido, orejas puntiagudas, dientes finos y largos, manos alargadas y deformes como garras, y apariencia cadavérica, hacían del Conde de los vampiros un ser rudimentariamente horripilante que se identificaba con la peste y, por tanto, con el azote de dios.

Murnau cultivó el terror implícito. Al vampiro no se le vía succionar la sangre. El director sólo puso el medio (los caninos) y el efecto (las marcas incisivas en la víctima, el desfile diario de ataúdes por la ciudad…) para que el espectador llenase los huecos vacíos con todo el terror que pudiese imaginar. Murnau, en definitiva, adaptó la novela de Bram Stoker bebiendo de las antiguas demonologías de Oriente y Occidente para configurar un demonio de morfología animal visto por el prisma del expresionismo alemán. Esas zoologías poco tienen que ver con el vampiro postmoderno, que Coppola recuperó del Romantismo en su afán de repoetizalo y humanizalo.

En “Drácula de Bram Stoker” Coppola concibió a un Conde de Transilvania barroco y con facetas más vitalistas y existenciales. Cultivó una personalidad llena de ornamentaciones, a priori intrascendentes, que lo dotaron de glamour: elegante, hermoso, seductor, exquisito, pero con las dosis de animalismo suficientes para mantener el equilibrio entre lo atractivo y lo repulsivo.

El miedo al apestado mudó por un respeto al vampiro con poder económico, social y hasta político. Así, de la repulsa sistemática de los sentidos de protección pasamos a la repulsa acomplejada ante el semidiós de intelecto supremo, rico, noble, omnipotente y que se rebela contra dios en un prólogo que no existe en la obra de Stoker: cuando su amada se suicida, el príncipe Vlad niega a dios clavándole una espada, y de la cruz sale la sangre que lo condena para la eternidad. Nace entonces el héroe romántico en búsqueda del amor.

Pero entre Murnau y Coppola hubo un montón de vampiros medios, como “La marca del vampiro” (1935), “El horror de Drácula” (1958); “Drácula], el príncipe de la oscuridad” (1966) o “El baile de los vampiros” (1976), entre otros. Quizá los más paradigmáticos sean el “Drácula” de Tod Browning (1931) y el “Nosferatu” de Werner Herzog (1979).

Browning dibujó el arquetipo de vampiro de capa negra, peinado perfecto con el pelo engominado… Un vampiro diametralmente opuesto al de Murnau. Bela Lugosi dio vida a un Drácula más urbanizado y civilizado, preocupado por su aspecto, cuidando minuciosamente su peinado y su vestuario… Pero esta película cometió algunas aberraciones respeto a la historia original. Una de las más importantes fue que aquéllos que son mordidos no necesariamente se transforman en no-muertos. Otro de los giros es el final oscuro, con el sacrificio de la heroína (algo que en muy contadas ocasiones si vio en el cine de vampiros).

El Nosferatu interpretado por Klaus Kinski fue un remake del de Murnau. Herzog presentó un vampiro más fresco, humanizado y que ya tenía voz. Nosferatu parecía agotado de todos sus sueños de no morir. Divagaba sobre la muerte y el amor, y adquirió el tono de un bohemio nihilista que se mostraba como un desgraciado y sin confianza en sí mismo.

Años más tarde, Coppola creó una nueva escuela de vampirología que se alejó del folclore y que dio lugar a un montón de películas, como “Sangre fresca”, de John Landis; “Entrevista con el vampiro”, de Neil Jordan; “Un vampiro libre en Brooklyn”, de Wes Craven; “Vampiros”, de John Carpenter; “Abierto hasta el amanecer”, de Robert Rodríguez; “Underworld”, de Len Wiseman, o Van Helsing, de Stephen Sommers, que devuelve al vampiro más plano de la más reciente saga Draculea a su casa: Transilvania.

El vampiro actual superó su razón original: la sangre. Ahora tiene dudas cartesianas sobre su condición y siente amenazada su existencia, a veces por sus puntuales  ideas de suicidio ante su exasperada no-vida. La eternidad ya no es un don, sino un castigo.

El chupasangre se ha instalado en la opulenta sociedad actual: viste a la moda, va a los locales de ambiente nocturnos, en fin, guarda las aparencias en su proceso de socialización. El nuevo vampiro es joven, híbrido, andrógino, hermoso y amante de la música pop y rock; busca el amor, se descubre como un ser vulnerable e incluso es bisexual (muchas veces la sed de sangre es fruto de un hipnótico amor por uno del mismo sexo en el que aprecia una hermosura desbordante y mortal que necesita poseer; y juntos llegan al éxtasis orgásmico, consagrando para la eternidad su amor a través de la sangre, como sucede en el rito cristiano). Somos, pues, testigos del nacimiento de la sociedad vampírica.

Felices sueños sanguinolentos.


Nota: Este post es una adaptación de un artículo que publiqué en Faro de Vigo en 2004.


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