
Obama, con su esposa y sus dos hijas, saluda a la multitud en Chicago (Foto: AFP)
Obama ya es el 44 presidente de Estados Unidos. Hasta el próximo 20 de enero no jurará el cargo, pero ya ejerce como tal. A las 5 en punto de la mañana, hora de España, todos los medios ya le daban como ganador de los comicios. Una hora después, a las 06.00 horas, con precisión presidencial, Obama se asomó por el gran escenario que los demócratas montaron en el Grant Park de Chicago, donde aguardaban miles de personas para bautizar al nuevo presidente. Obama salió acompañado por su esposa y sus dos hijas, pero pronto las despidió para quedarse solo ante la multitud, una estrategia de imagen bien labrada por sus hombres de confianza para emitir al mundo un mensaje: Obama puede (solo).
El suyo fue un discurso milimétrico: una aparente improvisación de 15 minutos exactos repleta de lugares comunes, de modismos y de claves antropológicas y patrióticas con un marcado carácter institucional. Quizá algunos esperaban de la “gran esperanza negra” un discurso épico que pasase a los anales de historia y que le colocase a la altura de los sueños de Luther King, pero Obama ejerció de presidente de Estados Unidos y recurrió al manido sueño americano y no al suyo.
“Si hay alguien ahí que todavía dude de que Estados Unidos es un lugar donde todo es posible; que todavía se pregunte si el sueño de nuestros fundadores está vivo en nuestros tiempos; que todavía cuestione el poder de nuestra democracia, esta noche tiene una respuesta”, dijo en sus primeras declaraciones, en las que repitió: “El sueño de esta nación está vivo”.
Obama fue muy cauto, excesivamente precavido para las esperanzas e ilusiones encendidas entre sus votantes. Calculador, frío, discreto, en la palabra y en el gesto. Algunos dicen que así transmite seguridad, la seguridad que le falta al país, pero, ¿hasta qué punto ese enfriamiento institucional de Obama corresponde a la euforia que ha generado? Muchos esperábamos a un Obama más valiente y enérgico, con un discurso a la altura del hito que ha protagonizado, pero Obama fue comedido y lanzó un discurso perfectamente intercambiable con el de los republicanos.
Pero esto no debe sorprendernos. El objetivo ya se ha cumplido: colocar a un negro en la Presidencia de Estados Unidos. Ésa era la gran lucha, ése era el gran reto y el gran desafío. Ése es el gran cambio. Un gran cambio. Todo lo demás, no lo dudéis, seguirá el curso establecido.

El reverendo Jesse Jackson llora en Chicago durante el discurso de Obama (Foto: AFP)
Las lágrimas del reverendo Jesse Jackson y de la presentadora Oprah Winfrey -constantemente enfocados por las cámaras de televisión durante el discurso de Obama- eran fruto de un logro, no de un reto: el logro de tener a un negro en el Despacho Oval; el logro de resarcir a los millones de negros que han sufrido y siguen sufriendo el racismo en un país que se atreve a asumir la democracia como autóctona, rayando el monopolio.
Lo que pase de aquí en adelante carece de trascendencias simbólicas. Que nadie se equivoque. Obama también enviará soldados por el mundo para continuar guerras; Obama seguirá asumiendo que Estados Unidos debe ser el gran gendarme del mundo; Obama no duda del papel aleccionador de su país ni de su designio libertador; Obama rendirá cuentas ante los lobbys y gobernará con el margen que éstos le otorguen…
Ese complejo aleccionador de los norteamericanos lo asumió también Obama cuando espetó: “Estados Unidos ha enviado un mensaje al mundo”.
¿Os dais cuenta de cuántas veces hemos escuchado esa misma frase proveniente de otros dirigentes? ¿Os dais cuenta de las consecuencias a veces catastróficas que ha generado ese mensaje?

El director de cine Spike Lee estuvo en Chicago ataviado con una sudadera de Obama (Foto: AFP)
Muchos quieren ver en Obama el giro definitivo de Estados Unidos a la izquierda, pero nadie olvide que los demócratas han sido y son una derecha menos conservadora y puritana que la que representan los republicanos. Ser de izquierdas, socialista o comunista en Estados Unidos sigue generando desconfianzas. De hecho, Estados Unidos, país democrático (?), permite a un negro llegar a la Casa Blanca pero no lo haría con un comunista democrático, porque las ideas son más peligrosas que el color de la piel. Ni siquiera los socialistas europeos tendrían cabida en la democracia estadounidense si mantuvieran La Internacional como himno.
Hay que tener además muy presente que aunque la diferencia en votos electorales ha sido enorme -349 demócratas y 160 repúblicanos, según los últimos datos de la CBS a primera hora de la mañana en España- el voto popular se ha repartido casi equitativamente: 52% Obama, 47% McCain. Esto quiere decir que a pesar de la profunda crisis, sin precedentes, en la que está sumergido el país, a pesar del fiasco de Irak, a pesar de Guantánamo y a pesar de todos los pesares que ha causado George W. Bush, el pueblo americano no ha exigido un cambio tan radical como se pretende leer. Casi la mitad de la población votó continuismo al votar republicano y Obama lo va a tener, lo tiene que tener muy presente. Él mismo, en su discurso, prometió ser un presidente que gobernará para todos los estadounidenses, incluso quienes votaron en su contra, y pidió paciencia para atender los problemas bélicos y financieros del país.
El nuevo presidente parece empezar a ser consciente de que su sueño y el de su comunidad ya se ha cumplido, y ahora toca dejar de lado el idealismo y apelar a la filosofía del pragmatismo estadounidense.
Por mi parte, voy a ser pragmático y voy a echar una cabezada, tras ocho horas de seguimiento multimedia de estas elecciones históricas.